miércoles, 7 de diciembre de 2016

Mereth Aderthad

He encontrado por casualidad un texto que mi amigo Santiago Álvarez y yo escribimos a medias para la EstelCon 2010. Fue un evento organizado por el smial de Edhellond, la delegación valenciana de la Sociedad Tolkien Española, en el que también colaboramos como organizadores mi entonces novio (y hoy marido) y yo. Ya son tres las Merith Aderthad que llevo a las espaldas, y a veces me saben a pocas.



Mañana comienza la XXI Mereth Aderthad en Zaragoza y asistiremos con el corazón hambriento de Tolkien.

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Durante toda la jornada cabalgó por montañas y caminos, sin atreverse a exigirle al animal la velocidad de la que era capaz. Su caballo era útil para las campañas, en persecuciones o huidas, pero como bestia de carga era poco menos que un estorbo. Y el equipaje que portaba ese día era bastante más voluminoso de lo acostumbrado.
Al anochecer se detuvo a dormir bajo la Roca del Ahogado, hizo una hoguera pequeña y se refugió en su calor. Aún no era invierno, pero la humedad de aquellos bosques y la umbría sosegada que lo rodeaba era suficiente para que el frío le calase en los huesos. Tomó una cena frugal, a base de sopa de pan y carne salada, y se arrebujó bajo la gruesa capa.
Esta vez acudía solo a la llamada. Otras veces lo había acompañado alguno de sus camaradas, incluso en una ocasión se reunió para el viaje un grupo de quince o veinte compañeros. Ahora era distinto: se había adelantado a sus hermanos, porque llevaba consigo la promesa de tenerlo todo preparado para la llegada de sus superiores.
Al llegar a la primera frontera echó la vista atrás, hacia los altos pinos que se mecían con el aire frío de la mañana. Cuántas veces habría de cruzar ese límite invisible, decir adiós a aquella línea imaginaria que los mantenía separados del mundo y confinados en unas tierras que no eran las suyas... y el día en que todos sus hermanos al fin cabalgaran juntos para abandonar aquel exilio y aquella vigilancia le parecía tan incierto...
"Un hogar de paredes blancas" pensó con melancolía el montaraz. "Y un establo lo bastante grande como para dos bueyes, dos caballos y unas cuantas vacas. Plantaré mis campos con remolacha, nabos y zanahorias, y también habrá hueco para una larga línea de puerros y un buen huerto de patatas"... Su padre lo había hecho en un tiempo no muy lejano, había plantado aquello y muchas cosas más, como grano y frutales. Y su madre había cuidado de su propio jardín de flores invernales tras las labores del campo y la casa. "Una esposa de genio vivo y risa aún más viva" imaginó el montaraz, "que cante mientras ordeña, como hacía mi madre, y que sepa curar los constipados y asar los becerros a la miel".

'Caminando por el bosque', de mi amigo ilustrador Luis Gans
A medida que viraba hacia el sureste y se acercaba al lugar acordado, no pudo evitar que las chimeneas de las casas más al norte le recordaran su hogar perdido, como imágenes frescas de aquello que atesoraba en lo más profundo de su memoria. Escuchaba risas infantiles, gritos de juegos, roncas carcajadas o canciones a media voz entonadas desde las puertas o en las plazas, escapándose por las ventanas de las tabernas, o bien apagadas tras los postigos de las viviendas cerradas para conservar el calor. Había macetas en los alféizares y cereal que se secaba colgando sobre las vallas de los corrales. Había gatos que se refugiaban bajo los carros y perros dormitando en los pajares; alguno trotó entre las patas de su montura, esquivando airoso el peligro con indiferencia y petulancia.
“Es una tierra en paz” pensó el viajero, “un descanso en la tormenta”. Algunas noches entre aquellos poblados, acompañado por las miradas recelosas que lo escudriñaban desde los hogares en penumbra, sirvieron para espantarle el frío del bosque del norte. De vez en cuando se le acercaba algún frontero cuando rellenaba el pellejo de agua en una fuente del camino; también oficiales o alcaldes, todos con la nariz arrugada y los labios apretados mientras le ofrecían víveres o mantas, con intención de ayudarle a proseguir su viaje. El montaraz sabía qué pensaban de él aquellos hombrecillos, así que respondía con toda la amabilidad posible a su desconfianza y su miedo.
'Bosque', de mi amigo ilustrador Luis Gans
Pero llegaba el momento de detenerse, pues allí, junto al Camino Grande, le esperaba uno de sus compañeros. Hacía mucho que no lo veía, aunque el tiempo no le había cambiado. Había un retoño más entre la numerosa prole, y su esposa lo acunaba contra el pecho con una mezcla de cariño y obstinado recelo que hizo sonreír al recién llegado. Los dos amigos se saludaron con entusiasmo, y apenas hubieron acabado de palmearse las espaldas se aprestaron a continuar el viaje. Despedirse de la numerosa familia que dejaban atrás les llevó algo más de lo previsto. La esposa cubrió a su marido de besos, lo abrazó tres veces, mirándole a los ojos le dijo palabras que nadie más oyó; y sin transición, como otro gesto amoroso más, le llenó las alforjas de queso de cabra, salazones, pan moreno y frutos secos, mientras la hija mayor hacía lo propio con las alforjas del montaraz.
El hobbit montó en su pequeño caballo y los dos amigos comenzaron a alejarse, seguidos por los ecos de las voces infantiles, que se arremolinaban a su espalda, bulliciosas y llenas de buenos deseos, hasta que sólo fueron un rumor que traía el viento, y después nada. Fredegar se volvió hacia el montaraz.

—Este es, sin duda, un momento muy especial —inhaló una bocanada de tabaco de su pipa ornamentada y ensanchó los labios en una sonrisa—. ¡Estoy deseando llegar a la Mereth Aderthad!
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